Maratón: salida del armario

Salir del armario
Un día, en clase de sociales, el profesor nos mandó un rato de lectura. No recuerdo el tema pero sí recuerdo que era historia de España. Cuando a los 13 años te mandan estudiar en clase, las probabilidades de que la mente comience a volar aumentan exponencialmente, pero aquel día mi mente no voló muy lejos. De repente levanté la cabeza del libro, como si hubiese tenido una especie de revelación, y una pregunta me invadió: “¿Y si yo fuese…?” No pude terminar la pregunta en mi pensamiento porque la siguiente sensación que tuve fue la de terror. Un auténtico terror que provocó que mi corazón se acelerara y no me llegara suficiente aire a los pulmones. Pero ese terror se mezcló, de repente, con una sensación de impaciencia y expectación que además de desconcertarme, hizo que sintiera cierto alivio.

No me di cuenta pero aquel día salí por primera vez del armario, y desde entonces he salido una y otra vez todos los días de mi vida. Porque para mí salir del armario ha sido siempre una carrera de fondo en la que me he encontrado mil obstáculos; unos son más altos, otros más bajitos, otros están más a un lado y otros, por qué no reconocerlo, los he puesto yo. Pero no todo son obstáculos en una carrera, ¿no? A veces el viento sopla a mi favor y resulta que llego antes de lo que pensaba a alguna de mis metas.

En aquella clase de sociales tuve que salir del armario en el que estaba metida desde que nací, pero salí solo para verme fuera de el. Salí y me aterró lo que vi, y no había ni un alma a mi lado para explicarme absolutamente nada, ni siquiera para explicarme qué coño era aquel armario y qué hacía yo saliendo de el, y sobre todo, por qué estaba yo en ese armario.

Años y años entrando y saliendo yo sola me llevaron a buscar respuestas cuando ni internet, ni los medios de comunicación, ni mucho menos mi familia hablaba de este tema. Nunca nadie me explicó que existía gente que amaba de una manera “especial”, y ni siquiera entendía de dónde nacía algo que en mí resultaba ser tan natural pero que parecía no pasarle a nadie más y que además estaba muy mal visto. Así que cada noche volvía a mi armario para volver a salir a la mañana siguiente y seguir buscando.

Cuando crecí y pude encontrar respuestas, yo ya había salido de mi armario. Estaba completamente fuera de él. Era lesbiana y me encantaba tener ese sentimiento tan de verdad, tan real y tan bonito. En ese momento sentí una necesidad irrefrenable de pregonarlo a los cuatro vientos, y de nuevo el terror me invadió. ¿Qué iban a pensar de mí? ¿Me rechazarán? ¿Me verán igual después de saberlo? Entonces, después de haber descansado tras mi maratoniana “autosalida del armario” tuve que volver a coger impulso porque la carrera que iba a comenzar duraría toda mi vida.

Comencé por las amigas más cercanas, e hice un drama de cada salidita del armario. Comentarios como “tengo que contarte algo que no sé cómo te vas a tomar” o “necesito que me dediques un buen rato porque tengo que decirte algo muy importante” hacían que la salida tomara dimensiones exageradísimas y me volcaba en la respuesta del receptor en lugar de volcarme en mi propia salida. Después de salir del armario unas cuantas veces con gente de mi confianza, tuve que parar a tomar un refrigerio y a que me viera el masajista, porque la carrera se volvió muy dura y estaba haciendo el “sprint final” cada dos por tres. A pesar de contárselo a los que yo quería y de recibir respuestas positivas, no encontraba alivio ni sensación de salida del armario.

Me di cuenta de que eso, en mi caso, no servía. Esas saliditas del armario no eran reales, solo buscaban aceptación por parte de los demás en lugar de buscar mi salida del armario real. Esa salida que me sacase fuera a mí, independientemente de quien estuviese mirando al otro lado. Se trataba de ser yo en cada momento y lugar. Decidí salir del armario con cada paso, con cada corte de pelo y con cada mirada.

Salgo del armario en casa, en la calle, en el trabajo, en las redes sociales y en cualquier lugar todos y cada uno de los días sin decir ni una sola vez: “Hola, soy Pauli y soy lesbiana” (por supuesto, si me preguntan contesto la verdad, y si me ofenden, respondo). Cada día salgo del armario con la cajera que me atiende en el súper o con el camarero que me sirve la comida. No he pregonado a los cuatro vientos mi sexualidad, simplemente no la he ocultado y para ello vivo cada día saliendo del armario. Y ahora sí, ya no me cansa ni me hace sentir incompleta, porque lo importante de salir del armario no es lo que los demás digan al vernos salir, lo importante es lo que decimos y demostramos nosotrxs saliendo. La libertad de ser quienes somos, sin remordimientos, no está en los demás, está en nosotrxs mismxs.

Comentarios

  1. Q bonito Pauli, te admiro , yo no puedo decir lo mismo , mis padres son muy mayores y no lo entenderían, por los demás si mi familia y amigos como me encantaría decirlo a los cuatro vientos. ....

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  2. ¡Muchas gracias! Esta es solo mi experiencia, y cada una tiene la suya. ¡¡¡Ánimo con tu maratón!!! Un abrazo.

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  3. ¡Me alegro mucho de que hayas conseguido ser tú misma en cada momento y en cada lugar! Me ha gustado la distinción que haces entre salir del armario sólo para sentirse aceptado (que sería una salida inauténtica) y salir del armario para ser uno mismo (que sí sería la salida auténtica). Aunque, supongo, que la primera es parte inevitable del proceso sin la cual no hubiera podido venir la segunda. Un saludo.

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