El último poeta maldito. Leopoldo María Panero.
Eran una especie de familia Adams de Astorga, los Panero representaron el emblema de la Transición española. Niños bien aireando los trapos sucios de la familia y descojonándose de su padre muerto, todo un paralelismo con lo que había sido la caída de una época, una especie de ajuste de cuentas con el pasado franquista recién enterrado, como el padre muerto. La juventud se abría paso escupiendo a la cara de los franquistas, así, tal cual.
El desencanto, el documental sobre la familia Panero dirigido por Jaime Chávarri y producido por Elías Querejeta, fue todo un escándalo en el momento de su estreno, pocos meses después de la muerte de Franco. El morbo fue tal que se mantuvo en cartelera varios meses seguidos, al menos en Madrid y Barcelona, y se convirtió en foco de atención de los periodistas. Incluso los hermanos Panero llegaron a recibir cartas anónimas amenazadoras. Si lo revisionamos veremos que no es para tanto, ni la película ni el documental, que fue el fruto de un época, que ahora no tiene el mismo sentido. Ahora te pones el Sálvame y dicen muchas más barbaridades que las que aquellos tres chicos decían de su padre y, por ende, de la recién enterrada dictadura. Aún así, si uno ve de nuevas la película, le resultará un experimento interesante, que incomoda a la vez que fascina, todo es tan decadente... desde la estética hasta las actuaciones. Todo empieza con un “a raíz de la feliz muerte de nuestro padre…” y un escalofrío nos recorre el espinazo. Los muebles de la casa de Astorga, las fotos antiguas, ese pasado ilustre empañado por el polvo del tiempo, la locura, las ruinas de Castrillo de las Piedras, la permanente sombra alargada de lo literario… Todo tiene su puntito de belleza, todo es efímero, atemporal, irreal, evocador...
Cada uno tiene su familia con sus movidas y sus excentricidades, la familia que nos ha tocado en suerte, y siempre piensa que cualquier otra familia es mejor. Pero la verdad es que nadie sabe qué pasa detrás de las puertas de las casas de cada familia ideal. “Todo lo que yo sé sobre el pasado, el futuro y, sobre todo, el presente de la familia Panero es que es la sordidez más puñetera que he visto en mi vida, que son todos una panda de memos, desde las tías a los famosos tatarabuelos” dice Michi Panero. Locos, alcohólicos, drogadictos, poetas malditos, malditos poetas, esquizofrénicos, paranoicos… en la familia Panero no faltaba de nada. Lo mejor de cada casa. Hubiera estado bien una hermana Panero, una de esas piradas encantadoras, original y divertida, pero no fue así, no hubo hermana, nos conformamos con su encantadora madre.
Yo tendría quince años cuando vi esta película, pero oí hablar de ella mucho antes, cuando la estrenaron en Madrid. Recuerdo que estaba pasando el fin de semana en Méntrida, un bonito pueblo de la provincia de Toledo, donde solíamos visitar a mis padrinos de bautismo. La hija mayor de la familia sacó la conversación porque acababa de ver la película en el cine. Era una de estas chicas progres, tendría ella veintitantos años y yo no llegaba a los diez, para mi era un ídolo, tan moderna, tan guapa, tan pelirroja, tan roja... Yo que venía de una familia de derechas de toda la vida, empecé a oír hablar de una familia de locos que ponían verde al dictador de su padre muerto con el cadáver todavía caliente. Ahí quedó eso en mi memoria, sin saber que luego me iba a servir para muchas cosas, que la vida luego te va poniendo cosas y gente en el camino que ni te puedes imaginar.
Pasaron los años y por cosas de la vida conocí a uno de estos hermanos, Michi, el más pequeño. Le conocí en su decadencia, cuando rodaba una especie de segunda parte de la película que se llamó Después de tantos años. Habían pasado veinte, que no es nada dice el tango, pero que para esta familia había sido mucho. Michi estaba literalmente sumergido en alcohol y Leopoldo María ingresado en un manicomio en Mondragón, Juan Luis andaba a lo suyo, era el formal y renegaba de sus dos hermanos perdidos. Michi era sencillamente encantador. En mis visitas a su casa aprendí cosas que no se aprenden en los libros. Cada vez que iba me regalaba un libro de su inmensa biblioteca, el gabinete que lo llamaba él, y siempre me lo dedicaba con fechas inventadas y firmas imposibles. Era muy generoso. Sabiendo un día que me gustaba mucho Salvador Dalí, me regaló una foto en la que estaba su padre con el pintor y mucha más gente comiendo en un banquete. Entre toda esta gente estaba también Fraga, que le vamos a hacer, eran todos muy de Franco, ya se sabe.
Luego pasaron los años y le perdí la pista, aunque mientras tanto, y de nuevo por cosas de la vida, anduve mucho por Astorga y visité su casa. Estaba en ruinas, me dio mucha pena, había un proyecto de hacer una casa museo, pero no sé si se llevó a cabo finalmente.
Al poco me enteré de la muerte de Michi, luego de la de Juan Luis, y ahora de la de Leopoldo María.
Todos muertos.
Si Michi fue un escritor sin libros y un poeta sin versos, Leopoldo María fue seguramente el poeta más grande de las últimas décadas. No se sabe dónde termina la ficción y dónde empieza la realidad, seguramente porque están solapadas. “Tan pronto estoy loco como estoy cuerdo”; “En definitiva ser loco o no ser loco es tener o no tener amigos”; “Sólo soy a ratos”; “Yo seré un monstruo, pero no estoy loco”. Leopoldo María se propuso ser un poeta maldito, el último de la historia, y lo ha conseguido, era un profesional de eso y, claro, eso tiene sus desventajas: primero que te vuelves loco de verdad y te puedes pasar la vida de manicomio en manicomio, como es el caso. Luego que tanta medicación no puede ser buena, como tampoco es bueno dejarse violar por otros enfermos por un paquete de tabaco, etc, etc. (Así lo contaba el propio Leopoldo María). Cuando se queja ba de que sus hermanos no iban nunca a verle al manicomio, conmueve realmente. Contagia la pena. “A Michi le quiero un poco, y a Juan Luis también le quiero un poco, pero en fin… Seis años sin que vengan por lo menos un día a traerme chocolatinas… Eso no se comprende, joé…”. Realmente estaba como una cabra, siempre desconfiado y conspiranoico, decía que le perseguían la Familia Real y la CIA.
Pero su obra poética es maravillosa y fundamental.




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